viernes, 2 de octubre de 2009

"No es verdad que la educación está siempre en crisis" Raquel San Martín analiza la última publicación de Silvia Finocchio

Los intelectuales / Silvia Finocchio
"No es verdad que la educación está siempre en crisis"
Para esta investigadora, hace 50 años que se exagera al hablar de los déficit de la escuela
Raquel San Martín LA NACION
Nada como la historia para mirar el presente, dice la historiadora de la educación Silvia Finocchio. Y cuando se mira atrás, agrega, se ve que desde hace por lo menos 50 años se viene hablando de la crisis educativa como si fuera algo terminal. "Existen, por cierto, problemas, pero más que hablar de fracaso podríamos hablar del éxito escolar, ya que muchas personas que antes no tenían acceso a la escuela, lo tienen a partir de las últimas décadas", sostiene.
Silvia Finocchio eligió una original vía de acceso al pasado de la educación argentina: las revistas educativas. Y descubrió un universo de publicaciones estatales, gremiales, académicas y comerciales que retratan los cambios y tensiones en la educación argentina desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días.
Sus hallazgos acaban de publicarse en el libro La escuela en la historia argentina (Edhasa). Doctora en Ciencias Sociales e historiadora, investigadora del área de Educación de Flacso, Finocchio rechaza el discurso de la catástrofe escolar, hoy tan arraigado, y prefiere ampliar la mirada: "El problema con la educación es que no estamos de acuerdo en qué queremos para la escuela, porque no nos podemos imaginar un futuro colectivo".
-¿Qué revelan las revistas educativas sobre la educación argentina?
-Pensamos que en educación todo lo hicieron el Estado y el normalismo, pero cuando se entra en el mundo de las revistas, eso se pone en duda. Hay posiciones distintas, desde las décadas de 1910 y 1920, por parte de los sectores católicos, de los anarquistas, de los propios docentes y de algunas universidades. Las revistas desmitifican la idea de que todo lo hizo una generación y que después lo único que hubo fue decadencia. Hubo cambios y movimientos, búsquedas y ensayos.
-En ese sentido, parece que esta idea de crisis de la educación tiene una historia larga.
-La educación siempre es cambio y movimiento. Pero el discurso sobre la crisis educativa aparece ya hace 50 años, en las publicaciones oficiales, de los gremios y asociaciones docentes, y de las universidades. Y generalmente bajo una lectura de deterioro. Hubo mucha crítica al acartonamiento, al exceso de protagonismo de los docentes, al enciclopedismo. El discurso acerca de la crisis de la educación está muy instalado en el mundo educativo.

-¿Qué tiene de particular ese discurso hoy?
-Una connotación asociada con la catástrofe, el derrumbe social, la idea de haber tocado fondo. Y la verdad es que son lecturas bastante pobres de la escuela. Lo que ocurre en la escuela no se sabe y no ha sido estudiado. Tenemos miradas muy prejuiciosas y estereotipadas sobre lo que acontece en la escuela. Por supuesto, hay experiencias a veces duras y traumáticas, pero construir toda una teoría sobre la base de esas imágenes es empobrecedor. Más que hablar de fracaso, podemos hablar de éxito escolar. Mujeres, clases sociales y grupos étnicos que antes no accedían a la escuela ahora lo hacen. Si nos comparamos con otros países, podemos decir que tenemos problemas, pero todo depende de qué es lo que se mire.
-Según usted, ¿dónde tiene su raíz la crisis de la educación?
-En que no estamos de acuerdo en qué queremos para la escuela, porque no nos podemos imaginar un futuro colectivo. No nos podemos poner de acuerdo en cuánto de cambio y cuánto de conservación tiene que haber en la escuela. Hay que discutir el papel de diferentes actores. Por ejemplo, de los medios de comunicación, a la hora de formar una impresión pública catastrófica sobre la educación, que termina desmotivando a los docentes. También hay que pensar en el papel de los sindicatos, que no tienen ya una utopía alrededor de la educación, o en el de la propia investigación, que está muy fragmentada y especializada. Otro actor son los organismos internacionales: terminan construyéndose discursos muy anodinos y abstractos, que no molestan a nadie, pero que tampoco convencen a nadie.
-¿Nos cuesta pensar futuros también fuera de lo educativo?
-Sí, porque estamos en un contexto de transición y revolución cultural que frente a la incertidumbre vuelve a la escuela de un modo no apropiado. El discurso sobre la crisis de la educación llegó a un límite y produce efectos en los propios docentes y estudiantes.
-¿Por ejemplo?
-Alumnos que se convencen a sí mismos de que no son lectores, cuando leen, y leen mucho. Estudiantes universitarios convencidos de que no saben leer y escribir, cuando están terminando carreras que supusieron la práctica de la lectura y la escritura. Los efectos en los docentes son muy graves, porque instalan un clima de resignación en la escuela, de victimización, y una proliferación de la cultura compasional, terapéutica, donde lo que predomina es el malestar.
-¿Cómo conviven las ideas de que hay una catástrofe educativa y de que la educación es lo único que nos puede salvar?
-Hay un discurso de la epopeya educativa, defendido, en general, por los que más se beneficiaron con ella. Pero no se beneficiaron todos. Esta epopeya patriótica elude decir que la educación supuso siempre batalla, confrontación, debate. No quiero pensar en lo que era la educación en la segunda mitad del siglo XIX. Había que convencer a la opinión pública del valor de la educación. Sarmiento lo tuvo muy claro y bregó por la formación de esa opinión pública favorable. Eso nos diferencia. En otros países de América latina hoy el Estado sigue haciendo difusión para que los padres manden a los chicos a la escuela. Para nosotros, eso ya es una conquista. Conocemos la importancia de la educación: eso está incorporado a nuestra cultura.

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